Las levedades y sus consecuencias

Por Boris L. García Cuartero

Tal parece que viviéramos en un mundo imaginario. Y no es que cueste mucho trabajo soñar, solo que la realidad se impone con sus crudezas y hay que enrumbar hacia nuevos derroteros que marcan la cotidianidad, convulsa por sus manifestaciones para todos los terrícolas.

Por acá todavía pensamos –creo que será así por mucho tiempo- en la necesidad del Estado como estructura que controla, fiscaliza, marca las pautas, y si es por el bienestar común más sentido tiene su existencia, solo que hay que corresponderle en sus exigencias porque ha de retribuir en beneficios a sus contribuyentes.

En 1996 apareció en la vida nacional el compromiso personal de tributar al fisco y créame que fue como un mazazo para quienes acostumbrados a pedir –y ser complacidos- no entendían cómo dar, mas si consideraban poca su tenencia, mas si la costumbre es más fuerte que el amor patrio. La ley existe en diversas latitudes y en nuestro proyecto social también los sueños, sueños son.

La economía interna no aguanta más. Es de inconsecuentes errar con los múltiplos, porque la balanza inclinaría hacia el abismo y brazos nada amigables darían ese anhelado apretón, muy poco amistoso, si para ahogarnos en la desigualdad, en la miseria de espíritu y material. Evitarlo es cuestión de cubanos.

Pese a las incomprensiones –y la falta de costumbre, insisto- la política tributaria está bien definida y anunciados cambios la perfeccionarán. Sin embargo, todavía falta cultura entre los nativos para que el ciento por ciento de los inscriptos en el registro de la Oficina Nacional de la Administración Tributaria (ONAT) cumplan con su deber ciudadano.  

En Cienfuegos el 97,7 por ciento de las personas naturales realiza los pagos en el tiempo establecido, de acuerdo con los términos adecuados a las diferentes figuras. No obstante ser una cifra elevada, algunos pretenden burlar el fisco bajo ingenuas justificaciones, por aquello de que no pasará nada, porque en materia de disciplina habrá que encarrilar en no pocos aspectos del comportamiento isleño.

Olvidadizos de conciencia y de ex profeso actuar, subdeclarantes y hasta pillos de ocasión son sancionados por Ley, todavía benévola si la comparamos con modos externos y es que –digo yo- no podremos renunciar a la utopía de la justeza propia del hombre y habrá que castigar, como también se debe educar.

Desterrar las levedades de una quimera no será renunciar al sueño. Sus consecuencias están claras, porque al presupuesto común regresarán los haberes por el bienestar colectivo. Y aprenderemos por qué no; en materia de resistencia no hay quién nos repruebe.

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