La naturaleza que descuidamos

Por Boris L. García Cuartero

Quiero echar atrás en la máquina del tiempo y regresar a aquellos días en que no éramos concientes de lo que hacíamos y quizás, un tanto, contribuimos a la desaparición de varias especies –bueno, casi, porque ya poco se ven algunos insectos como las coloridas mariposas, los cocuyos y hasta las esperanzas.

Este último puede que no sea su nombre, pero así le decíamos cuando de chiquillos nos reuníamos en la esquina de casa, debajo de un gran bombillo que atraía muchísimos bichos. ¡Cuánto nos divertía cazarlos, clasificarlos por su sexo y hasta ponerlos a copular!, aclaro, no era por aberrados, sino por chiquillos.

Luego los echábamos de nuevo a volar, pero algunos perdían patas, alas y algún que otro ejemplar hasta la cabeza, pues se prendían fuerte del borde de nuestras camisas y al tirar con potencia, esa parte del cuerpo quedaba desgajada. Nunca pensamos en el daño que hacíamos…

Con las mariposas la historia era diferente. Nos alegraba verlas volar, cómo revoloteaban alrededor nuestro, ajenas al juego con pelota de trapo y bate improvisado; o cuando nos daba por empinar papalotes y chiringas, o cuando saltábamos unos sobre otros hasta que alguno se quedaba con el chucho –creo que el juego le llamaban Burrito 21.

Pero alguna siempre caía en manos del más ágil de los muchachos –en ocasiones dotado de palo y especie de colador para cazar mariposas. No recobraban su libertad, pues iban a parar a libros o libretas, en los cuales pegadas como trofeos luego eran exhibidas ya sin color, secas… feas. Nunca pensamos en el daño que hacíamos… eran eso, botines de la infancia…

Con los cocuyos, una historia similar. A nadie se le ocurría encerrar en un pomo transparente a una banda de chichones grillos –esos eran cazados y aplastados, para que no molestaran con el chirriar de sus patas-, mas a los luminosos punticos que volaban de un lado a otro, sí.

No eran presas fáciles, había que correr como locos, aunque casi nunca lograban escabullirse entre las flores y otros matojos que “adornaban” el descampado de la esquina… donde hoy ni vuelan las mariposas, ni iluminan los cocuyos, ni tampoco lo visitan las esperanzas… aunque enciendan mil bombillas en la esquina…

Ahora comprendo cómo fueron desapareciendo del barrio. Imaginen si en cada lugar de este mundo los animales se convierten en conquistas de los niños, pequeños o grandes, qué más da; piense en lo que sobrevendrá si desde entonces no nos enseñan a cuidar lo que nos rodea y luego de grandes no repetimos la lección…

Súmele la explotación despiada de los bosques, el agua, los minerales; si le devolvemos agresivos desechos a la naturaleza, luego de arrancarle la materia prima y usarla –o mal usarla- en nuestros propósitos consumistas, no en el consumo racional del que dependemos los humanos…

Imagine por un segundo cuánto hemos de depredar en lo que nos resta de humanidad; los perjuicios que ocasionan las bombas, los químicos para matar personas y supuestos agresores de otra especie –incluyo las alimañas. Si todos tuviéramos el “placer” de cazar elefantes, como lo hace el rey de España, y luego no saber qué hacer con sus carnes y colmillos… aunque bien pudieran convertirse en joyas de la corona…

Piense en el cautiverio de las aves, en no tratar los residuales, en amontonar desechos sólidos sin el tratamiento adecuado, en no reciclar lo que puede prolongar su vida útil. Piense en cada niño que no es bien educado, que no es bien instruido en proteger el entorno, en si usted tampoco es capaz de hacerlo…

Se agota la vida en el planeta –la nuestra también está en juego. Al menos en mi barrio ya no se ven las mariposas, ni los cocuyos, ni las esperanzas… tampoco los molestos grillos… se está agotando la vida en el planeta y nosotros somos los principales responsables…

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