El padre que me tocó

Por Boris L. García Cuartero

Día de los Padres

Día de los Padres

Imposible escoger a los autores de nuestros días. Nos tocan por naturaleza o por azar, todo depende de las razones para la unión; luego vendrán las enseñanzas, el tomarnos de la mano y mostrar la correción de un camino que ha de repetirse, o no, en la descendencia.

El agradecimiento –o amor- se gana en ese largo batallar que es la vida, porque no basta sembrar la semilla, ha de regarse, cuidarse y hasta cultivarla un día, convertida en acto de justicia para quienes con toda responsabilidad –o irresponsabilidad- te pusieron en el mundo sin preguntarte cómo querrías vivir, dónde, e incluso hasta el nombre por el cual identificarte, con mote incluido en el paquete vital… ah, sumo los hermanos, primos y demás parientes.

Y esas figuras –madre y padre- se hacen imprescindibles en la vida si el acto de crear fue conciente, aunque alguno deje el camino libre al otro por diversas razones. A mi me tocó el abuelo como estampa paterna; mi abuelo Ernesto, ya convertido en cenizas, aunque su espíritu ronda cada día, sobre todo en aquellos de buscar esencias para continuar contra viento y marea.

Y aunque las mujeres de la familia han llevado la voz cantante -¿solo en la mía?- con el abuelo di los primeros pasos, soportó las primeras y últimas perretas, fue la guía intelectual, el consentidor por excelencia y el amparo ante los castigos merecidos, el conciliador ante la severidad de la abuela, el inculcador de afectos filiares, el que alguna lágrima derramó por las dificultades del nieto…

Todavía le debo la pasión por los estadios y el beisbol, las noches de infructuosas pesquerías –cómo mi abuela le censuraba el regresar solo con el sol sobre la espalda-, el magisterio en el aula, el aprender a manejar, la madurez para no hacer travesuras, el beligerismo preferible a bajar la cabeza y no es que él lo hiciera, pero su espíritu sobremanera comprensivo no lo heredé… todavía le debo muchos comportamientos y todavía hace falta el abuelo…

No creo que padre sea cualquiera. Los conozco buenos, algunos incluso de los amigos, de quienes encuentras el consejo oportuno, la satisfacción ante los éxitos, el disfrute por tu presencia, el compartir las quejas, la alusión apasionada por el o los suyos, hasta la mesa en días especiales o de llegada casual, dispuesto a quitarse lo suyo y hasta el traguito de más…

 A mi me tocó el abuelo…

 

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