¿La cura de los males?

Por Boris L. García Cuartero

Tal cuestionamiento se suscita cuando, por ejemplo, un nuevo fármaco está en fase de pruebas, pero no es el caso, quiero referirme a esa inyección necesaria para nuestras redacciones periodísticas, directo desde la Academia, en manos de muchachos capaces, inteligentes, audaces, intrépidos, irreverentes, jóvenes, como son los de ahora.

Defendieron su tesis de grado nuevos profesionales de la prensa. Aprobaron por la calidad de sus exposiciones, del rigor con que investigaron varios de los males que nos aquejan, esos discutidos y vueltos a discutir, los mismos de que nos acusan y con los que paradójicamente tratamos de defendernos; ya comienzan a saldar la deuda que tienen con una sociedad que cambia, aunque algunos enquilosados pretendan seguir con el carapacho que les resguarda –o así lo creen- de la cotidianidad.

Y contra esos arremetieron los ya Licenciados en Periodismo. Sin amagos, sin compromisos, sin el temor de ciertos colegas a los que importa más su seguridad laboral y complacencia institucional, que el sabio rechazo de los emisores; con palabras precisas denunciaron el mensaje edulcorado, la inefectiva descripción del suceso o el sacrosanto “deber patriótico” que se convierte en tapia ante lo mal hecho, por miedo a qué dirá el enemigo, sin saber, a veces –o casi siempre- que el auto o censor de adentro provocan más daños que beneficios.

Por razones de tiempo solo pude escuchar con atención el estudio realizado por Naivis Flores. Desmenuzó el espacio informativo Notisur –noticiero de Perlavisión, mi canal de televisión territorial- y digo desmenuzó, porque con la contribución de todos sus colegas de profesión y criterio propio, desmontó las todavía malogradas intenciones de informar, de sacudir al receptor con un lenguaje claro, preciso y con la inmediatez que precisan estos tiempos de competencia mediática.

Llegó hasta el tuétano de los problemas objetivos y subjetivos que nos aquejan y reclamó a los suyos despojarse de la rutina en que nos envuelven los trabajos por encargo, el repetición a ultranza para quedar bien –con Dios y con el diablo-, el no buscarse problemas. Exigió y comprobó que la novedad e inmediatez siguen ausentes para insatisfacción del público, cada vez menos crédulo y más analítico.

Septiembre será la arrancada de estos noveles periodistas. Les esperan las mismas redacciones donde tantas y tantas veces hemos discutido o hablado en voz baja las inconformidades que expresaron, ojalá sea entonces otro momento para iniciar la revolución imprescindible, sin consesiones, pero sin compromisos; nos haría falta –a los consagrados, recién graduados y medianamente informados- que los decisores de una vez y por todas sean receptivos.

Cumpla cada quien con la parte que les toca –también para los colegas sumidos en la rutina- y será el periodismo cubano reflejo de nuestro tiempo, comprometido únicamente con la época que nos tocó vivir, defensor de la ideología caribeña y arrollador de cuanto y quienes aún piensan para si en detrimento de todos los que construimos Cuba.   

 

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