Martí

Por Boris L. García Cuartero

Me han dicho que fue domingo aquel 19 de mayo de 1895 cuando José Martí cayó en combate. Entonces, quiso la casualidad que este domingo de 2013 conmemoremos el aniversario 118 de quien entró en la eternidad otro primer día de la semana y por tanto se le sienta presente por su pensamiento y por la deuda –también eterna- de seguir su ejemplo.

Conocí al Apóstol hace muchos años –e incluso no se le podía decir Apóstol y ni quiero acordarme porqué-, me aprendí sus Zapaticos de rosa, como gracia familiar de niño prodigio o adelantado por vivir entre maestros, luego le reconocí entre otros versos y frases, aunque temprano perdiera La Edad de Oro, prestada a no se quién y nunca devuelta… faltaría más, por ser texto imprescindible en cualquier librero…

Desde entonces es ejemplo, virtud, maestría, presencia permanente, estudio e imagen venerable, aun cuando el asombro nos hago parecer incrédulos, por su visión de futuro y su claridad de estos tiempos, tantos años después, tiempo necesario para convertirlo en presencia y no imagen venerable, aunque bien se lo merezca…

Ya ni me interesa lo que dicen quienes revisan su obra, ya no hago caso a los que escriben y rescriben en su nombre para adaptar a sus intereses el pensamiento de un hombre preclaro, inspirador de hombradías –como el Moncada- o de los pusilánimes , que en su sagrado nombre se inventan radios y televisoras…

Ahora solo me interesa el poeta, el revolucionario, el hombre que amó y escribió cuanto quiso, el mismo que cambió la pluma por el deseo de estar en el combate, porque hacer es la mejor manera de decir, y se quedó para siempre en cada niño, hombre o mujer que le atesora en su pensamiento o sin darse cuenta en el actuar de cada mañana, cuando uno se levanta y decide amar, crear, satisfacer… e incluso odiar…

Los grandes hombres hacen obras grandes… cuestionables, amables, predecibles, eternas… del último calificativo las hizo Martí, ese que pidió cerrar la fila de árboles para que no pasara el gigante de las siete leguas, el mismo monstruo que conoció en sus entrañas y que hoy se extiende como plaga, sobre los pueblos del mundo, y no para reverenciarlo, sino para obviarlo, mucho menos que a un grano de maíz…

Y si la grandeza cabe en tan poco espacio ¿dónde recogemos su amplia obra? ¿qué hacemos con su grande pensamiento? ¿hacia qué lugar llevamos sus ideas, si no es hacia el futuro, en que cada uno haga su parte del deber, y nada podrá vencernos?

“Pero mientras haya obra que hacer; un hombre entero no tiene derecho a reposar. Preste cada hombre sin que nadie lo regañe el servicio que lleve en si”, dijo el Maestro… y para todos los tiempos…

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