Crónicas caraqueñas (Informe trimestral)

Por Boris L. García Cuartero

Entre remembranzas, acontecimientos y conmemoraciones casi pasa por alto el arribo al primer trimestre de estancia en Telesur (Venezuela). A decir verdad, no fue en lo personal nada interesante, siquiera con tiempo para pasar revista a estos 90 días de aprendizaje, asombros, papelazos y muchos etcéteras.

Sigo con una frase manida: “Parece que fue ayer” cuando llegué al aeropuerto de Maiquetía con los oídos que me zumbaban a partirse. Luego vino el temor de viajar hasta Caracas con los cristales abajo –por aquello de todo lo que se dice de la inseguridad-, la mirada atónita ante los anuncios comerciales, la inmensidad de las montañas que protegen a la capital y los grafitis a favor o en contra del gobierno y lo peor, alguna que otra alusión oprobiosa a mi tierra.

La llegada a Telesur, el encuentro con viejos amigos, la invitación al café que no es café –al menos no como el cubano, más bien un agua de chirre a la que uno se acostumbra o sucumbe con el precio del café-, la subida a Caiza, la nueva morada y disfrutar de un paisaje hermoso, donde las nubes pasan por la ventana de la habitación para luego dejar ver las elevaciones de El Ávila o la cola en la autopista, bien temprano en la mañana…

El tiempo pasa… y uno se acostumbra… o no. Ahora comprendo ese asunto de la resistencia al cambio, todavía no me explico cómo no he incorporado la jerga venezolana y hablo a mis panas como si siguiera en Cuba: dime mi socio, qué bolá, cómo anda la cosa… hace unos días solté un “socito” y fueron largas las explicaciones…

Han pasado tres meses de la primera cachapa –tenía jamón y queso- pero no me “bajaba” aquello que hasta trabajo me dio masticarla, como mismo me ocurre con las demandadas arepas, que continúan como una muy buena opción para mitigar el hambre –o los deseos de comer-, pero también continúan sin agradarme del todo, porque igual me canso de masticar…

Pasó el tiempo de los temores en el metro, de no escuchar la “vocecita” que anuncia las estaciones o de tomar el camino en sentido contrario –ya se cuándo “agarrar” el tren hacia Propatria y cuándo hacia Palo Verde, por cierto, ya ningún cubano “coge” en Venezuela, sino “agarramos” de todo… aunque los precios andan por las nubes y cambian cada semana.

Pasados los asombros y el deslumbramiento, me he propuesto para los trimestres por venir, disminuir el consumo de harina, intentar que no todo me haga falta cuando entro a un centro comercial y que triunfe la resiliencia –como la palabrita está de moda- al uso de términos muy necesarios para una buena comunicación… claro, al regreso, cambio el chip…

Ah y aprender mucho más, que todavía cuesta un poco de trabajo “andar por el mundo” en busca de informaciones que serán noticia… me cuesta tanto estar ocho o más horas sentado delante de una máquina… cuestión de adaptación, que solo son tres meses…

 

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